Ramón Lobo: “Si no estás un poco tarado, no vas a una guerra”

El periodista Ramón Lobo durante la entrevista.

“Tengo sesenta años y aún fantaseo con ser otro, tener otro padre, otra familia. Siempre con la carga de la infancia, en guerra subterránea permanente conmigo mismo. Soy como España: un derrotado por el franquismo, víctima de una transición mal resuelta, incapaz de sacar a los muertos de las fosas comunes”

El periodista Ramón Lobo se ha pasado veinte años en países en guerra. De Irak a Sierra Leona, pasando por Kosovo, Haití, Líbano o Ruanda, Lobo ha sido uno de los testigos directos de los conflictos que han marcado los últimos años de la historia. Pero la primera guerra de este periodista fue la guerra contra su padre, un exmiembro de la División Azul y un franquista convencido.

Lobo ha puesto fin a esta guerra en Todos náufragos (Ediciones B, 2015), un libro en el que bucea en las profundidades de su familia para tratar de entenderles, a la vez que hace un minucioso análisis de las generaciones que vivieron la Guerra Civil y la etapa de la transición. Un libro plagado de historia y de verdad.

¿Cuál fue tu primera guerra?

La primera guerra fue mi familia. La guerra contra mi padre.

Como periodista, la primera guerra fue en Bosnia, cuando llegué en abril de 1993 a Sarajevo. Hasta entonces había estado en Irak en unos bombardeos, pero llamarlo guerra sería un poco excesivo. También estuve en la caída de la dictadura militar y en las primeras elecciones en Argentina, pero eso no era una guerra. En Sarajevo fue la primera vez en la que entré a un sitio absolutamente destruido por la guerra.

¿Qué sentiste cuando llegaste a Sarajevo?

Miedo. Tenía miedo a que me mataran el primer día porque eso queda muy mal. Se lo confesé a Fernando Múgica, un periodista que murió hace poco. Me dijo que ese ya era un motivo para cuidarme un poco más.

También está la pregunta esa de “¿qué coño hago aquí?”. Es una pregunta que resuelves enseguida: estoy aquí para contar historias, historias que me apetece contar. Después te vas dando cuenta de que no hace falta tener mucho talento porque las historias que hay en una guerra son todas brutales y solo tienes que saber escucharlas y escribirlas.

Para lo que hace falta tener talento de verdad es para hacer crónica parlamentaria. Es como sacar petróleo de una especie de canción que se repite constantemente. En una guerra, cualquier persona tiene una historia que contar.

En tu libro, Todos náufragos, dices que alguien va a la guerra para lograr el reconocimiento que le negaron de niño. ¿Fue tu caso?

Sí, mi caso y el de muchísimos. He preguntado a todos los compañeros y todos ellos tienen problemas con la figura paterna. Emma Daly, corresponsal de The Independent que ahora trabaja en Human Rights Watch, me contó un caso en el que era el hermano. Son sobre todo ausencias. O porque el padre ha muerto, como en el caso de Emma, o porque el padre que has tenido no era tu padre, sino un dictador como el mío. Enrique Meneses decía que vamos a las guerras para que nos quieran, buscando una especie de reconocimiento que, con el tiempo, te acabas dando cuenta de que viene de una tara infantil.

Si no estás un poco tarado no vas a las guerras. A la guerra puedes ir una vez para probar, para ver qué se siente, pero cualquier persona que está en su sano juicio no vuelve. Cuando vuelves, una y otra vez, es que algo se ha averiado dentro de ti.

Manu Leguineche decía que todo corresponsal de guerra tenía que cumplir las tres D’s: divorciado, dipsómano y depresivo. ¿Te identificas con ellas?

No. Divorciado sí. Drogadicto no, aunque me he fumado algunos porros. Y en zonas de guerra no bebo. Casi nunca.

Una vez me emborraché con un periodista francés que trabajaba para Le Figaro que años después se suicidó en Menorca, Xavier Gautier. Me impresionó cuando lo supe porque habíamos estado en su habitación emborrachándonos con una botella de whiskey.

Al atrancarnos en una posición estamos jugando al juego de los radicales

Sierra Leona te marcó.

Emocionalmente, sí. Todos mis mecanismos de protección, que suelen ser mecanismos falsos que no te protegen del todo, se derrumbaron. Estos mecanismos hacen que las cosas te afecten un poco menos, te pero en Sierra Leona no funcionó ninguno de esos mecanismos.

Ese conflicto me marcó en dos ocasiones. La primera por un niño que Gervasio Sánchez y yo no pudimos salvar y, la segunda, por el asesinato del periodista Miguel Gil.

Al niño lo llamasteis Boy porque no tenía nombre y murió esperando ayuda humanitaria. ¿Has conseguido superar lo que ocurrió?

Sí. Consigo contar la historia y, al principio, era incapaz de contarla. Durante los primeros ocho meses no podía hablar del niño. Un día, con Hernán Zin, haciendo un documental sobre cómo nos ha afectado todo esto, tenía que contar una historia dramática. Por no contar esta por si acaso se me iba de las manos le conté otra historia y, al final, se me fue de las manos. Hay historias que no puedes contar, que cuesta contarlas.

¿Qué es lo que cuesta?

Cuesta cuando tienes la sensación de que tu trabajo tiene un punto de indecencia, de mirón. Tú vas allí a mirar el sufrimiento de los demás y tienes billete de ida y vuelta, eres un turista. Eso siempre me ha creado muchas dificultades.

Después está la sensación de que aquí da igual. Nadie te lee. La gente que te lee no hace nada. El gobierno no lee y, si te lee tampoco hace nada. De todas formas es una mierda de Gobierno porque es una mierda de país. Supongo que un periodista del New York Times por lo menos tiene la satisfacción de que si le lee su presidente, puede cambiar una política. Nosotros siempre hemos vivido una simulación de la realidad. Desde hace años simulamos estar en sitios en los que, en realidad, no estamos.

Cuando vas a una guerra y los civiles te ven como “el salvador” o “el héroe”. ¿Cómo te sientes?

Mal. Me pasó una vez en Mostar. Había un señor al que habían disparado en la espalda. Estaba debajo de un montón de mantas, tiritando, esperando una evacuación. Cuando me vio se ilusionó porque pensaba que venía a por él. Le enseñé mis manos, en una tenía una libreta y, en la otra, un bolígrafo. Le dije que eso era lo único que tenía. Y te sientes mal.

No creo que estemos para ayudar físicamente. Si tienes un herido a tus pies, evidentemente guardas la libreta de notas. En mi caso es muy fácil, porque puedo guardar la libreta y seguir trabajando, pero para un cámara o para un fotógrafo no. Nuestro deber es fotografiar y filmar, no ayudar. Para ayudar hay más gente, pero para hacer lo que hacemos nosotros no. Siempre hay excepciones, pero es muy importante que se sepa lo que pasa. Ese es nuestro trabajo.

Este trabajo tiene un punto de indecencia, de mirón

En tu libro El héroe inexistente cuentas que hay un momento en el que te planteas darle parte de tu dinero a una niña ¿te lo planteas más veces?

No, solo esa vez. Y esa es la historia que todavía no soy capaz de contar. La niña se llamaba Sabina y es en estos casos cuando te das cuenta de tu limitación. Si le hubiera dado el dinero no habría podido contar otras historias. La niña murió un año después y gracias a ella conté la tragedia de los niños de Srebrenica.

Hay una foto de Kevin Carter, que menciono en ‘Todos náufragos’, en la que se ve una niña desmayada en el suelo y un buitre acercándose por detrás. Él hizo la foto. No ayudó a la niña y no espantó al buitre, pero es que su trabajo es hacer la foto. Esa fotografía puso a Sudán en el mapa y empezó a llegar ayuda al país. La niña no murió, falleció a los 18 años, y, seguramente, las ayudas que provocó la foto salvaron a otros niños. Cuando el entorno es absolutamente hostil, tú no puedes hacer nada.

Me pasó con dos niños en Bunia. Gabriel y Gabriela. Estaba con un fotógrafo de Médicos Sin Fronteras en un campo de desplazados cuando una señora mayor me cogió de la mano y me llevó hasta su tienda. Dentro estaba su hija con dos gemelos, Gabriel y Gabriela. La madre de los niños tenía los pechos resecos y se le había cortado la leche. Los pequeños estaban al borde de la desnutrición así que los cogimos y salimos de la tienda pensando que estábamos haciendo algo bueno. Entonces, algunas de las mujeres del campamento empezaron a sacar en brazos a sus niños preguntándonos que por qué nos llevábamos a esos dos y no a sus hijos.

Cuando dejé a Gabriel y Gabriela en el campamento de Médicos Sin Fronteras, le expliqué al pediatra que iba a estar allí durante quince días y que iba a venir todos los días a ver a los niños. Le dije que si moría alguno le mataría. Los niños empezaron a coger peso y a pasar el peligro de la desnutrición. Me explicaron que después formaría parte de otro programa dentro de la ONG y regresarían al campo de desplazados porque había otros niños a los que debían atender. Los niños murieron seis meses después por lo mismo por lo que les atendieron. Yo solo trataba de ayudar, pero lo que mata es el entorno. Tus actos sirven para satisfacer tu conciencia o para contar batallitas, pero en realidad no cambias nada. Es otra de las cosas jodidas, que te das cuenta que no cambias nada, ni siquiera la vida de la gente a la que intentas ayudar.

Te preguntas en Todos náufragos cuánta gente tiene que morir en el Tercer Mundo para tener derecho a una noticia.

Mucha. Pasa con los atentados islamistas. Pensamos que hay una guerra del islamismo radical contra nosotros cuando más del 80% de los muertos son musulmanes. Entiendo que no es lo mismo una bomba en Beirut que una en París, que no es lo mismo un atentado en Kabul, en Mosul o en Damasco que uno en Bruselas, pero hay que hacer un esfuerzo. Lo que hay que cambiar son las condiciones, pero no somos capaces de hacerlo. Los periodistas, desde luego, no.

Ha habido conflictos, como los de Sierra Leona y Liberia, en los que no hemos solucionado ninguna de las causas de la guerra. No hay guerra porque están hartos de ella, pero no se ha solucionado nada. Igual que no hemos solucionado ninguna de las causas de la guerra de Bosnia. Somos incapaces de modificar la guerra porque todo este chiringuito está montado en un saqueo permanente, en unos sitios se disimula más y en otros menos. En España se disimula muy poco.

Dices que, durante el franquismo, los Pirineos separaban intelectualmente a España del resto de Europa. ¿Sigue pasando?

Antes más que ahora. Este país ha avanzado muchísimo y no reconocerlo sería injusto, pero, mientras que la transición fue muy positiva en sus primeros años, vivimos una regresión que se ha acentuado después de la crisis económica.

Una de las cosas jodidas es cuando te das cuenta de que no cambias nada, ni siquiera la vida de la gente a la que intentas ayudar

 Parece que se ha puesto de moda criticar la transición.                                 

Es muy fácil hacerlo y es posible que no se pudiera haber hecho de otra forma. Soledad Gallego, que es una periodista a la que respeto mucho, decía que no se hizo lo que pudo, sino que se hizo lo que se debió. Seguramente, si se hubiera planteado cualquier otro modelo de transición basada en hacer rendir cuentas al “bando ganador”, se hubiera provocado un golpe de estado o, quizás, otra guerra. La transición demostró que siempre llega más lejos el pacto que la imposición.

¿Cuándo se torció la transición?

Desde que el PSOE toma el poder en 1982 se podría haber hecho de otra forma. No digo que se modificase por completo el cuadro, pero para la memoria histórica se podría haber buscado un pacto, sacando a la gente de las cunetas, dándoles un nombre, pidiendo perdón, y reconociendo que todo el mundo hizo barbaridades, aunque unos más que otros porque tenían el poder militar y siguieron fusilando después de ganar la guerra. En la guerra siempre sale lo peor y esa habría sido una buena oportunidad para encontrarnos y para ponernos de acuerdo en que esto no debía volver a ocurrir.

¿Qué te parece las medidas que están tomando ayuntamientos, como el de Madrid, en cuanto a la memoria histórica?

No creo que haya que quitar ninguna placa. Creo que habría que poner más. Faltan placas. A mí no me molestan los monumentos franquistas, muchos de ellos ni sabía que existían hasta que Celia Mayer los quiso quitar. Lo que creo es que falta el reconocimiento de una parte.

En un momento de tu juventud, te encuentras con un profesor franquista, Vintila Horia, al que dejas de juzgar por su ideología y empiezas a valorar por su inteligencia ¿Es eso lo que le falta a España?

Recuerdo que conocí a Vintila Horia estando en primero de carrera. Sin conocerle ya le tenía puesta la cruz, pero decidí entrar a una de sus clases y me quedé fascinado. Horia era un hombre ultracatólico, de esos que utilizan la religión como escape. Un hombre al que intentaron fusilar en Rumania por comunista y después le intentaron fusilar por fascista. Cuando alguien despierta tanta unanimidad en el fusilamiento es porque algo tiene.

Es bueno tener una ideología para decidir dónde están tus valores o tus principios, pero la ideología como orejeras o para creer que lo que piensas es mejor que lo que piensan los demás me parece un error.

¿Por qué dices que la sociedad y los medios de comunicación huyen de lo complejo?

Porque lo complejo es un riesgo, y conlleva mucho más tiempo de dedicación. He aprendido que hay historias que merecen un día, historias que merecen una semana y otras que merecen un mes. Igual que hay historias que merecen 600 palabras, historias que merecen 2.000 e historias que merecen 17.000. Que tú le dediques un mes a una historia no significa ni que sea buena ni que vaya a tener 17.000 palabras.

He estado en muchos sitios y sé por qué la gente huye

Dices que callarte es una virtud que has practicado poco.

Sí.

¿En qué te ha afectado en tu carrera profesional o en tu vida personal?

En lo personal no lo sé. Igual he perdido a algún amigo, pero si lo he perdido es que no valía mucho la pena.

En el trabajo…  (Silencio) Si me hubiera callado podría haber sido corresponsal de El País, algo que siempre quise ser porque llegó un momento en que estaba cansado de ir a los sitios como “paracaidista”. Quería contar lo que ocurría en un país como Italia o Estados Unidos.

Pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Ahora me callo más.

¿Sí?

Sí. Muchas veces podría poner tweets explosivos contra El País y no lo hago por dos razones. La primera, para no crearle problemas a Javier del Pino porque no quiero que le llamen para decirle que no vuelva a llevarme a la SER y por el trago de echarme; y, la segunda, porque desde que salí he asumido que ellos tenían el derecho a despedirme y que yo tenía que pasar a otra cosa. No quería seguir enganchado a El País, por eso insistí mucho en llegar a un acuerdo económico y fuera. Si les dedicara mis tweets, estaría enganchado a ellos.

Hay veces que no consigo resistirme, pero los escribo con mucha ironía.

¿Has leído las memorias de Juan Luis Cebrián?

No. No me interesa. Me parece un tipo con talento. Es un tipo que tiene mucho talento al hablar. Cuando venía al periódico y hablaba en los momentos más duros conseguía que se te mojase la braga. No estoy muy acostumbrando a escuchar talento, así que eso he de reconocérselo. Pero es una pena que alguien con tanto talento lo haya empleado para el mal. Es un poco como aquella famosa portada de JotDown que nunca fue: él ha empleado su talento para el lado oscuro. Desgraciadamente… porque era un tipo brillante.

Tienes sangre de muchos sitios y en tu familia hay muchos exiliado de la Guerra Civil.

Tres. Y según me dijo María, que es la persona que me ayudó a editar el libro, el mejor es el que no es pariente directo (risas).

¿Qué sientes cuando ves a los refugiados llegando a Europa?

(Silencio) Proximidad, pero no porque haya tres exiliados en mi familia sino porque he estado en muchos sitios y sé por qué la gente huye. Si fueran cristianos se les acogería con más facilidad. En el fondo hay un gran desconocimiento y una islamofobia latente.

Es evidente que no todos los refugiados pueden venir, aunque acogiendo a todos los sirios estaríamos acogiendo una proporción menor de la que acogen los libaneses. Podríamos acoger más sirios de los que hay, pero es evidente que no pueden venir todos, ni que todos los que piden asilo tienen derecho a ello. La policía debería realizar una serie de investigaciones, como se ha hecho en Canadá, para que pudiesen venir de forma segura todos los que tienen derecho a hacerlo. En avión, no en patera o saltando vallas.

No hay que olvidar que normalmente los que huyen son víctimas.

Cuando vuelves a la guerra una y otra vez es que algo se ha averiado dentro de ti

Dices en tu blog que esta ha sido una oportunidad fallida.

Sí, una oportunidad fallida para crear puentes entre ellos y nosotros. Habría sido una doble educación: para nosotros aceptando a gente que piensa distinto, que viene de una cultura distinta, que come distinto, que reza distinto; y para ellos para decirles que, una vez que estén aquí, pueden seguir su religión y mantener su lengua, pero tienen que aceptar las reglas de la tolerancia.

Lo que han demostrado todos los atentados que se han producido en suelo europeo es que no tenemos ningún control en las mezquitas. En Bélgica no hay ningún predicador formado en Bélgica, casi todos vienen de Arabia Saudí, un país que es exportador de terrorismo. No se dice porque son los que tienen el petróleo, pero son unos hijos de puta. Los de Qatar lo mismo. Y en España estamos cogiendo imanes formados en Marruecos, que tampoco es que sean la panacea. Hay que buscar fórmulas para que las comunidades islámicas formen sus propios imanes desde aquí, bajo unos criterios democráticos y de convivencia. Ese es el espacio que hay que crear, pero no es fácil porque no interesa políticamente.

¿Qué te parece la polémica del burkini?

Me parece cojonudo que las mujeres vayan a la playa con burkini, igual que me parece cojonudo que haya otra con bikini y otra en topless. Pero me parece cojonudo siempre que a todas se las respete. No se puede tolerar que todos los clérigos quieran que las mujeres vayan con burkini, igual que no se puede tolerar que a esta mujer le quieran quitar el burkini.

No tengo muy claro hasta qué punto nosotros tenemos derecho a decirle a una mujer cómo se tiene que vestir o incluso decidir si el pañuelo se lo ponen libremente o no. Y la falda larga que lleva otra mujer, ¿se la está poniendo libremente? Es muy difícil decidir eso.

Al atrancarnos en una posición, estamos jugando al juego de los radicales. Tenemos que meternos debajo del burka de esa mujer en Afganistán y escuchar. Si hay un ambiente de educación donde la ley la impone la tradición, esa mujer seguramente no querrá ponerse el burka. Personalmente, aquí no aceptaría ni el burka ni el nikab. Si alguien quiere llevar el nikab, que se vaya a Arabia Saudí y lo lleve. Pero si alguna mujer quiere llevar pañuelo, no me parece mal.

Muchas veces hacemos guerras contra símbolos olvidándonos de que lo importante no es el símbolo. El símbolo solo es la consecuencia del problema. Pasa lo mismo con el feminismo.

¿En qué sentido?

Mira, tenemos que enseñarles a los hombres a que, cuando hacen algo en casa, no se lo están haciendo a su mujer, lo está haciendo por los dos, el “yo te hago la casa” hay que cambiarlo. Es una cuestión de lenguaje. Cuando un niño juega con un carrito de bebés no es que sea homosexual, puede que esté jugando a ser padre. Ser padre también es aprender a jugar con niños a llevar carritos, ¿por qué lo tienen que llevar solo las niñas?

Hace poco una niña dio un discurso ante un grupo de militares utilizando solo el femenino. Había una sola mujer entre el público, pero ella dio el discurso en femenino. Eso es provocar y me gusta porque es atacar los motivos. El “los” y el “las” de algunos sectores, como el político, es espectáculo. “Los vascos y las vascas”, “los periodistas y las periodistas”. El que habla así es un imbécil o una imbécil que nos está intentando vender algo y que se cree muy concienciado haciendo una chorrada. Debajo de todo eso hay causas mucho más importantes. Hay que atacar las causas y eso se hace desde la educación, pero estamos lejísimos de cambiar esa educación porque todavía seguimos discutiendo si debe haber religión en los colegios.

¿Qué tiene que ver la religión?

Mucho. ¿Sería normal que en un lugar en el que se enseñan saberes más o menos objetivos se enseñara que abrazar un árbol hace que te crezca la polla? No. Por eso en las escuelas debería enseñarse historia de las religiones desde un punto de vista laico. Si hubiésemos tenido esa formación habríamos estado mejor preparados para entender o criticar a otras religiones.

Cuando vuelves a la guerra una y otra vez es que algo se ha averiado dentro de ti

 En tu libro dices que eres ateo, pero que a las guerras vas con un crucifijo.

Sí, lo llevo con alguna medalla porque mi madre me lo dio. Según ella protegió a mi padre en la Guerra y por eso quería que lo llevara. Pero también suelo llevar yuyus. Tengo unos cuantos al lado de la puerta de casa.

Cuando Javier Espinosa estuvo secuestrado (por el Estado Islámico) llevé uno. Era un yuyu de Yoruba y supuestamente es muy potente. Yo no creo en estas cosas, pero no me lo quité hasta que volvió.

¿Las medallas de tu padre siguen en la caja de té inglés?

Sí, en una caja de Twinings. Las saqué para hacerles fotos y mandárselas a un experto en medallas, pero ahí siguen.

¿Qué supuso para ti la posición de tu padre después de la Guerra Civil?

Mi padre para mí es un misterio porque nunca he podido saber lo que hizo en la Guerra. Solo sé que trabajó en la Quinta Columna pero no sé lo que hacía exactamente ni en qué consistía su trabajo. Desde que entran las tropas en Madrid hasta que mi padre se va, pasan unos meses en los que no tengo ni puta idea de lo que hizo. No sé si participó en palizas o en fusilamientos o si no hizo nada.

Y nunca lo podré saber porque se destruyeron todas las pruebas que estaban en el cuartel de la Guardia Civil de Reina Victoria. Quemaron todos los archivos.

¿Con Todos náufragos has puesto fin a la guerra contra tu padre?

Sí… Pero hacer la paz es más complicado. Con el libro he conectado mucho con mi familia, sobre todo con mi familia paterna.

¿Has conseguido perdonar a los Lobo?

No. Estoy en paz con los muertos, con los vivos me cuesta más. Lo que más me preocupa es mi propio interior y que no hay nadie más, a parte de mi madre que ayer cumplió 93 años. Con ella estoy en paz, pero he cambiado mi testamento vital para que mis hermanas y mis familiares no tengan nada que ver conmigo ni con mis pertenencias. Mi familia ya me ha hecho suficiente daño.

¿Solo mantienes la relación con tu madre?

No, también tengo relación con mi familia de Inglaterra. Los quiero mucho pero en realidad no tengo ni puta idea de quiénes son. A ellos me resulta más fácil perdonarles porque toda la relación conmigo siempre fue positiva, fueron la parte amable de mi infancia. En Inglaterra jamás me pusieron la mano encima y jamás me gritaron.

En un ambiente de “esto se hace así porque soy tu padre”, como el que había con la familia de mi padre, se crea conflicto. Siempre que he tenido jefes autoritarios he creado conflictos y con los jefes democráticos, por decirlo así, siempre me he llevado bien, hemos tenido nuestros encontronazos pero siempre he reconocido su generosidad. Cuando me encuentro con gente del “esto se hace así porque lo digo yo”, voy al combate.

¿Tu padre estaría orgulloso de la persona en la que te has convertido?

Sí, seguramente sí (Silencio. Lobo mira el móvil y se disculpa. Ha quedado para comer y está “negociando” el lugar). Sí, creo que sí. Nuestro problema es que los dos estuvimos atrancados y no hubo ningún tipo de comunicación. Los últimos años de su vida nos llevábamos razonablemente bien y hablábamos de cosas en las que había desaparecido la contaminación política, que no era más que una excusa para la contaminación personal. Si hubiera visto como fui a las guerras como corresponsal de El País, habría aceptado que yo le hablase de su guerra.

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