‘Gorrión Rojo’ y la necesidad de otro cine de espías

Uno de los géneros que más injustamente han sido tratados a lo largo de los últimos años ha sido el cine de espías. Durante un tiempo fue un estandarte del séptimo arte de la mano de Alfred Hitchcock o de Terence Young, pero ha terminado desarrollando un estilo hipervitamínico, a base de acción sin sentido y de misterios predecibles, que ha hecho que prácticamente desaparezca el cine clásico de espionaje. En este sentido, Gorrión Rojo es el último desafortunado intento por revitalizar el género.

Cartel de 'Gorrión Rojo' de Francis Lawrence.
Cartel de ‘Gorrión Rojo’ de Francis Lawrence.

Centrándose en la historia de una bailarina del Bolshói que se ve obligada a formar parte de los servicios de espionaje ruso, el cineasta Francis Lawrence construye un thriller que no transmite ningún tipo de emoción y que peca de frialdad. Empiezas viendo Gorrión Rojo con la ilusión de ver uno de esos grandes thrillers de espionaje y acabas con un buen sabor de boca por el desenlace, pero con una sensación de amargura por un desarrollo con el que no consigues conectar y con el que llegas hasta a aburrirte. La película intenta conseguir el ambiente de tensión de las novelas de John Le Carré y se queda en una sucesión de escenas sin gracia.

En los primeros compases, Gorrión Rojo consigue atraparte pero, una vez que te tiene encerrado en su jaula, pierdes todo el interés por la historia hasta que se acerca el desenlace. Un giro final que llega demasiado tarde y que pone la guinda a un entramado de traiciones, agentes dobles y seducción.

Lawrence se recrea demasiado en el ambiente y se pierde en la formación militar-sexual del personaje al que interpreta, sin pena ni gloria, Jennifer Lawrence. Una mujer que debe aprender a manejar sus aptitudes sexuales para sacarles a hombres y mujeres todo lo que necesite de ellos. El guión se detiene en exceso en el proceso de formación de la espía y se olvida de la misión principal del personaje de Lawrence: seducir al agente de la CIA Nate Nash para descubrir quién es el topo de los americanos en el gobierno ruso. Cuando empieza la misión, Gorrión Rojo ya ha perdido la atención de sus espectadores.

Al contrario de lo que hacía Tomas Alfredson en El Topo, Fracis Lawrence opta por dotar de una falsa tensión y de una frialdad excesiva a su dirección y a sus personajes. Jennifer Lawrence es el ejemplo perfecto de la inexpresividad forzada, mantiene su expresión neutra a lo largo de toda la película. Joel Edgerton, encargado de interpretar al agente de la CIA, dice algo más pero tampoco brilla como Warrior, Loving o Viene de noche. Y los secundarios, entre los que destacan Matthias Schoenaerts, Jeremy Irons, Ciarán Hinds o Charlotte Rampling, pasan prácticamente desapercibidos en ese ambiente forzado.

Si El Topo sabía dejar fluir la trama desde el primer minuto, manteniendo siempre latente la amenaza del traidor, Gorrión Rojo cae en el exceso de apariencia y de querer llegar a ser. El guión con el que trabaja Lawrence construye la amenaza del topo sin momentos de tensión y sin una expectativa real de que todo salga mal. Es todo lo contrario de lo que hace Alfredson con la novela de John Le Carré y la historia viejo agente retirado que tiene que descubrir a un infiltrado ruso en la cúpula del servicio secreto británico.

En general, Gorrión Rojo tiene mucho relleno. Pasa de puntillas por los candidatos a agente doble y se centra demasiado en la formación de la espía. Deshecha los elementos de tensión y se queda con la intrahistoria familiar de la protagonista. Es más una historia de seducción sobre un fondo de intriga facilona y con tres o cuatro momentos duros, que una película de espionaje en el sentido puro del género.

El mayor atractivo de Gorrión Rojo es el juego que se prepara en la sombra. Ese giro final que el espectador ni intuye porque para Lawrence todo es secundario, por lo que el golpe pierde efecto en el espectador. En este sentido, el triple giro de la limitada Atómica de David Leitch con Charlize Theron es mucho más eficaz, más interesante y más inesperado que el de Gorrión Rojo.

Desgraciadamente, esta película no viene a reinventar el cine de espías. Viene a caer en sus lugares comunes, apostando por una historia carga de falso dramatismo y de falsa tensión. Es más una historia adolescente con un toque de crudeza que la historia que realmente merece el género de espías. Ha sido un buen intento, pero Lawrence se ha quedado a medias. Pero no todo es malo, siempre nos quedará Hitchcock, El Topo, Homeland o The Americans.

  • Lo mejor: Que apueste por el cine de espías pausado y trate de construir un thriller medianamente inteligente.
  • Lo peor: Que no consiga lo que se propone por culpa de la dirección, del guión y de Jennifer Lawrence.
Anuncios

‘La forma del agua’, los Oscar y la falta de originalidad

Los Oscar han decidido premiar la falta de originalidad subiéndose al carro de La forma del agua, una película que no viene a “renovar” o “dignificar” el género fantástico sino que presenta una historia de amor clásica –con sus complejos, sus frustraciones y sus miedos– entre una mujer muda y un monstruo. Una oda a lo que nos hace diferentes y al amor más puro. Una película entretenida sin más que no aporta nada que no hayamos visto antes.

Nos hemos acostumbrado a que nos guste todo lo que vemos y a colocar en la cima del Olimpo cualquier serie, película o libro que aparece disfrazada con una buena campaña de marketing. El catálogo de Netflix está lleno de “películas y series” que hace menos de una década no habrían pasado del episodio piloto o serían perfectas para emitirse un domingo por la tarde en Antena 3. Es, por ejemplo, el caso de Altered Carbon, The Ritual, The Punisher o Bright.

Visto esto es normal que nos volvamos locos con películas como Tres anuncios en las afueras o Dunkerque, pero por mucho que nos empeñemos no dejan de ser películas entretenidas sin más. Si el panorama cinematográfico no estuviese tan falto de originalidad y tan poco brillante, seguramente Tres anuncios habría pasado sin pena ni gloria por la gran pantalla, igual que las dos películas anteriores de Martin McDonagh: Escondidos en Brujas (brillante) y Siete psicópatas (tediosa). Lo mismo le ocurre a Dunkerque, una muestra de cine bélico que fracasa al centrarse en contar una batalla en tres frentes –tierra, mar y aire– sin que el espectador consiga conectar con ningún personaje. Christopher Nolan dibuja una película técnicamente espectacular, con una banda sonora y unos silencios impresionantes, pero que no va más allá de eso: un envoltorio bonito para una historia vacía.

Es verdad que Tres anuncios es mucho mejor que Dunkerque. McDonagh consigue que conectemos con sus personajes, pero sus intentos de presentar una película de guión tarantiniano se estrellan al no tener ninguna historia que contar. Nos cuenta cómo afecta la violación y el asesinato de una joven a una pequeña localidad, pero tampoco consigue tocar y remover algo en el espectador. Frances McDormand, en el papel de la madre de la joven, consigue emocionar en algunas escenas de la película y Sam Rockwell, con su policía racista y sin escrúpulos, consigue algún momento de tensión, pero poco más que eso.

La forma del agua está bien rodada, tiene una buena ambientación y una historia que tampoco está mal, pero no llega a ser la epopeya al amor que pretende ser. Se pierde en los clichés clásicos del cine fantástico y (lo que es aún peor) en los del romántico. Del Toro dirige bien y sabe sacarle partido a Sally Hawkins en el papel protagonista, pero no consigue que acabemos de tomarnos en serio al “malvado” Michael Shannon o a Octavia Spencer. La película de Guillermo del Toro es sencilla y deja un buen sabor de boca, pero le falta todo lo que sería necesario para convertirse en la gran película que se empeñan en vendernos.

A falta de ver unas cuantas candidatas al premio a mejor película, sin duda The Post (Los archivos del Pentágono) era la mejor opción. También peca de falta de originalidad, pero Steven Spielberg construye un relato que engancha al espectador desde el primer minuto y no lo suelta hasta que todo acaba.

Auge y caída de los Peaky Blinders

Los hermanos Shelby. Imagen: BBC.

Hace poco más de un año escribí sobre la primera temporada de Peaky Blinders. Una serie apadrinada por la BBC sobre el mundo de las bandas organizadas en Reino Unido en el periodo de entreguerras. Esa primera temporada servía como una especie prólogo de las operaciones expansivas de una familia gitana en el mundo del hampa. Un inicio que, en cierto sentido, decepciona si lo comparamos con el resto de la serie o con otras producciones del género. Pero, superado los seis primeros episodios, la serie se vuelve pura adrenalina.

Cillian Murphy cara a cara con Tom Hardy. Imagen: BBC.
Cillian Murphy cara a cara con Tom Hardy. Imagen: BBC.

Desde el inicio de la segunda temporada hasta el final de la cuarta, la serie es de lo mejor que se ha producido y emitido en televisión. El guión es ágil y rápido en cada episodio, y Steven Knight y su grupo de guionistas combinan momentos de tensión con toques de drama y grandes secuencias de acción. Pero, sin duda, el principal atractivo de la serie son sus personajes secundarios. Sin ellos, Peaky Blinders no sería todo lo que es.

Aunque toda la serie gira en torno a la familia Shelby cada temporada introduce una serie de nuevos aliados / enemigos, que le pondrás las cosas difíciles al pater familias: Tommy Shelby. Un protagonista rico en matices que evoluciona en cada episodio y que sólo busca sobrevivir y ganarse la vida en un mundo dominado por la violencia. Igual que Peaky Blinders sin sus secundarios, nada sería lo mismo sin el Tommy Shelby de Cillian Murphy, que se mimetiza más allá de lo posible con su personaje. Murphy consigue que aprecies al despreciable Shelby y que, en un instante, pases de empatizar con él a odiarle; logra arrancarte una sonrisa y asustarte en cada episodio. Algo similar consigue el atormentado Arthur Shelby de Paul Anderson. Un hombre con una especie de estrés postraumático que trata de redimirse y de dejar atrás su vena violenta.

Pero la familia Shelby no sería absolutamente nada sin Helen McCrory. La actriz británica (a la que seguramente recordaréis por su papel en Penny Dreadful) se encarga de interpretar a la tía y confidente de Tommy, una mujer coraje que tiene que luchar por imponer su voz en un mundo dominado por hombres y que vive en un constante tira y afloja con su sobrino.

Helen McCrory como la tía Polly. Imagen: BBC.
Helen McCrory como la tía Polly. Imagen: BBC.

Los personajes secundarios, que van llenando Peaky Blinders temporada a temporada, son espectaculares. Knight crea cada uno de los personajes de la serie con un cuidado extremo y consigue que los secundarios tengan tantas aristas como los principales. Además de Sam Neill, por la serie pasan Tom Hardy, Aidan ‘Meñique’ Gillen, Paddy Considine y el oscarizado Adrien Brody, en unos papeles por los que mataría cualquier actor de la pequeña o de la gran pantalla.

Cada uno de ellos merecería una reseña propia pero, sin lugar a dudas, sobresalen Tom Hardy y Adrien Brody. Hardy se pone en la piel de un mafioso judío que se come a cualquier actor que comparta escena con él y Brody se encarga de poner en apuros a los Shelby como uno de los grandes mafiosos italianos llegados desde Nueva York.

Más allá de sus personajes y del guión, uno de los grandes atractivos de Peaky Blinders es que sirve como retrato de una época. En la serie se abordan los grandes temas del momento, como los traumas de la guerra, el movimiento independentista escocés, las huelgas generales y la lucha contra los comunistas o el alzamiento del movimiento sufragista. Todo ello con “cameos” de algunos personajes históricos, como Winston Churchill, y con una gran promesa para una quinta temporada: Al Capone.

Todo ello hace de Peaky Blinders la mejor serie de los últimos años. Una serie a la altura de The Wire o Los Soprano y que no tiene absolutamente nada que envidar a sus competidoras.

  • Lo mejor: los protagonistas y los personajes secundarios.
  • Lo peor: la primera temporada.

Los archivos del Pentágono: Spielberg contra la censura y el poder

Después de adentrarse en los días más oscuros la Guerra Fría con El Puente de los Espías y de coquetear con el cine infantil en Mi amigo el gigante, el director Steven Spielberg se adentra en los escándalos que rodearon la presidencia de Richard Nixon en Los archivos del Pentágono (The Post). Una película sobre los periodistas que destaparon las mentiras de la administración estadounidense en la guerra de Vietnam y un homenaje a Katherine Graham, la editora del Washington Post que tuvo que enfrentarse a todo y a todos para tomar el control de su empresa e imponer su voz en un mundo dominado por hombres.

Tom Hanks y Meryl Streep en 'Los archivos del Pentágono'
Tom Hanks y Meryl Streep en ‘Los archivos del Pentágono’

Si en la oscarizada Spotlight el realizador Tom McCarthy ponía el foco en la investigación del Boston Globe para sacar a la luz los abusos sexuales que trató de ocultar la archidiócesis de Boston, en Los archivos de Pentágono Spielberg se centra en la batalla del Washington Post para poder publicar documentos clasificados y en la guerra de Katherine Graham por abrirse camino en el patriarcado de la alta sociedad y de los medios de comunicación y mantener a flote el legado de su familia.

La historia de las relaciones de poder entre el periodismo y la política y las luchas de la redacción por sacar adelante una investigación, basado en un informe que engloba veinte años de mentiras relacionadas con la guerra de Vietnam y que ataca directamente a la presidencia estadounidense, son el eje central de esta película. Los archivos del Pentágono se presenta como un thriller periodístico con un tono que critica directamente al patriarcado.

Esto lo consigue gracias a un guión ágil y potente -escrito mano a mano entre Liz Hannah y Josh Singer (que también se encargó del guión de Spotlight)- que se combina con la dirección de Spielberg para colocar al espectador en un contexto socio-político incómodo en algunos aspectos. Además, Los archivos del Pentágono está hecha para sus protagonistas: Meryl Streep y Tom Hanks.

Sobre cada uno de ellos recae el peso de las dos historias cruzadas que quiere contarnos Spielberg. Basándose en las memorias de la editora del Washington Post –Una historia personal, publicado en España por Libros del K.O.-, Streep construye una actuación impresionante de una Katherine Graham fuerte, injustamente silenciada por el hecho de ser mujer en un mundo dominado por hombres. Lejos de su dama de hierro, Meryl Streep se mete en la piel de una mujer a la sombra de su padre y su marido, que debe tragar cuando los consejeros de su empresa la tratan como un simple florero o hablan de ella como si no estuviese allí o como si no supiera de lo que ellos están hablando. Esa es la historia que la interesa a Spielberg: la de un mujer con poder que intenta ser silenciada, pero que no está dispuesta a ceder.

En el lado periodístico de la historia, Spielberg cuenta el día a día de una redacción y cómo se afronta una investigación como la de Los Papeles del Pentágono, que implicaba a todos los presidentes estadounidense desde el año 1945. Entre maquetadores, humo de cigarrillos, carreras y redacciones de periodistas con tirantes, el despacho del director queda reservado para Tom Hanks, que da vida al mandamás de la redacción del Washington Post Ben Bradlee.

Hanks y los encargados de interpretar a los miebros de la redacción del Post son los encargados de poner el toque cómico con situación que arrancan una sonrisa al espectador, a pesar de la dureza y la tensión de las situaciones que tienen que vivir. Con ellos Spielberg lanza un mensaje claro al presidente estadounidense, Donald Trump: la libertad de prensa no se toca.

El interrogatorio

Fotograma de la película 'Llamad a cualquier puerta' (1949)
Fotograma de la película 'Llamad a cualquier puerta' (1949)
Fotograma de la película ‘Llamad a cualquier puerta’ (1949)

-¿Piragüismo?

-Sí, piragüismo -respondí mirándole fijamente a los ojos.

-¿Me está diciendo que el señor Quijano se presentó como profesor de piragüismo? -me preguntó mientras se encendía otro cigarrillo.

-Sí, es exactamente lo que estoy tratando de decirle. Entró en clase, se presentó de una forma bastante peculiar y dijo que iba a ser nuestro profesor de piragüísmo.

El tipo dio una calada y se quedó mirando el espejo de la sala de interrogatorios. Con el pitillo consumiéndose entre sus dedos y la mirada perdida, parecía que buscaba alguna explicación en su propio reflejo. Aunque yo sabía que nos estaban escuchando.

-¿Hablaron de los rusos? -soltó entre dos caladas después de recuperar la compostura y volviendo a clavar sus despiadados ojos en mi.

-Bueno… En realidad, no fue él -contesté con cierto miedo a su posible reacción.

-Explíquese.

-Vino un corresponsal que, según dijo, trabaja desde Rusia para un periódico nacional. Estuvimos hablando de política y sobre Putin. También nos contó cómo fue la guerra de Crimea y charlamos sobre el carácter y la cultura de los rusos.

-Ya veo… -apuntó algo en su libreta- Tengo entendido que les habló de los sindicatos y de los derechos laborales relativos a su profesión.

-Algo se dijo. Un alumno algo rebelde y un representante de una asociación de periodistas nos comentaron algo. Creo que eran amigos.

-¿Quiénes?

-Arturo y el sindicalista.

-¿El rebelde? -preguntó intrigado inclinándose sobre la mesa.

-No, el otro -respondí sin entender a qué venían todas esas preguntas sobre Arturo. Yo sólo iba a clase después de trabajar, como siempre.

-Hemos visto que hicieron una lista y que participaban en una especie de grupo clandestino…

-Hicimos dos listas. Pero se equivoca, el grupo era público. Allí compartíamos lo que escribíamos y titulábamos las visitas de los invitados. Todo público, salvo lo que no se podía tuitear.

-¿Los rusos? -preguntó dando un golpe en la mesa.

-Sobre los rusos todo fue público. ¿Le importaría contarme por qué me están interrogando? Llevo aquí cuatro horas, respondiendo a sus preguntas sobre rusos y redes clandestinas. Empiezo a perder la paciencia.

Él volvió a mirarse en el espejo y aplastó los resto de su cigarrillo en un cenicero lleno de colillas. Yo podía notar las decenas de ojos que me miraban desde el otro lado del espejo, valorando cada una de mis respuestas.

-¿El señor Quijano habla ruso? -siguió mi interrogador, ignorando mis quejas y parándose a leer detenidamente la siguiente pregunta en su libreta de notas.

-No, pero noté un acento peculiar en su inglés. Nada más.

Una nube de humo flotaba en la sala de interrogatorios. Él se ajustó la corbata, levantó la mirada y volvió a clavar sus ojos en mi.

-¿Trató de adoctrinarles?

-Si usted considera que las recomendaciones literarias y turísticas son una forma de adoctrinamiento, sí, lo hizo.

-¿Les obligó a escribir?

-Nos obligaba y nos animaba a hacerlo -respondí. Parecía que se le habían agotado las preguntas y estaba empezando a improvisar.

-¿Qué les enseñaba el señor Quijano?

-Ya se lo he dicho, nos enseñó a remar.

-¿Nada más?

-¿Le parece poco? -contesté tratando de hacerme con el control de la situación.

-Cuatro meses de seminarios, cuatro horas a la semana, ¿y sólo aprendieron a remar?

-Sí. Iniciación al piragüismo.

-Iniciación… -él se quedó pensativo- ¿En qué consistió dicha iniciación?

-En aprender que todo es cuestión de tarjetas.

-Cuestión de tarjetas…

Manu Brabo: la guerra en un instante

Fotografía de Manu Brabo en la exposición 'Un día cualquiera'

Un viejo taller de trenes abandonado resguarda lo mejor y lo peor del ser humano. Allí se encierra el dolor de un padre que llora sobre el cuerpo sin vida de su hijo, el grito silenciado de una madre que no entiende los porqués de una guerra que sus hijos no buscaban, y el cadáver de un dictador ejecutado por su propio pueblo. Un taller abandonado con las paredes agrietadas y con ventanas sin cristales, recoge todo el sufrimiento y la esperanza de las guerras de Siria, Irak, Libia o Egipto.

Una mujer frente a las fotografías de refugiados de Manu Brabo en la exposición 'Un día cualquiera'
Una mujer frente a las fotografías de refugiados de Manu Brabo en la exposición ‘Un día cualquiera’

En las habitaciones desconchadas de La Neomudéjar, las fotografías de Manu Brabo imponen el silencio y golpean con su crudeza a todo el que se acerque a ellas. En la exposición ‘Un día cualquiera’, el fotoperiodista presenta, de la mano de National Geographic, una excelente e impactante retrospectiva de su carrera en los conflictos que han marcado los últimos años de este siglo XXI en Oriente Medio.

Las fotografías de Brabo congelan las emociones de los protagonistas con una sinceridad que desborda. Ese es uno de los grandes atractivos del fotoperiodista, que trabaja pegado a sus protagonistas, huyendo de los teleobjetivos y empapándose de sus historias para desgarrar al espectador con cada una de sus fotografías. Cuando uno se enfrenta al trabajo de Brabo siente el dolor de las víctimas, la incomprensión de las familias y el sin sentido de los soldados.

Con ‘Un día cualquiera’, el fotoperiodista galardonado con el premio Pulitzer por su cobertura de la guerra civil siria, recoge la guerra en el momento exacto en el que se aprieta el gatillo y resalta las consecuencias que genera esa bala para que, los que no estábamos allí, podamos ponerle cara a los que sufren la guerra día tras día: las calles bañadas en sangre, los combatientes de las milicias presumiendo de sus armas y los niños mirando los restos mortales después de un atentado.

200 años del Prado: de la vanguardia cultural a la sombra del Reina Sofía

Interior del Museo del Prado. Imagen: Wikimedia Commons.

Uno de los emblemas culturales de Madrid, el Museo Nacional del Prado, cumple este año 200 años de vida. Un bicentenario que el museo ha decidido aprovechar para actualizar su imagen y abrir (aún más) sus puertas a las nuevas generaciones que deciden enfrentarse, por primera vez, a las titánicas obras maestras de Goya, Velázquez, El Bosco, Rubens o Tiziano. Un bicentenario que también viene marcado por la revolución tecnológica y las nuevas formas de contar, que obligan a estos gigantes de la cultura a adaptarse a las nuevas narrativas y a los nuevos formatos.

El Museo del Prado es uno de los templos culturales que ha sabido afrontar mejor la crisis cultural que ha desencadenado la crisis económica del año 2007 y las sucesivas subidas del IVA cultural. Apostando por mejorar su exposición permanente y por sacar a la luz algunos documentos inéditos del archivo del Museo –en la web pueden consultarse documentos de restauraciones y adquisiciones desde el año 1817–, el Prado ha conseguido mantenerse como una de las visitas obligatorias para los turistas de la capital. Pero su escasa apuesta por la innovación tecnológica y su oferta estándar con alguna exposición temporal, han desplazado al que fuera considerado el mejor museo de España a la segunda posición a nivel nacional y fuera del ranking de las diez pinacotecas más visitadas de Europa. Con 3,6 millones de visitantes, el Museo Reina Sofía se ha convertido en el museo más visitado de España en el año 2016.

El Reina Sofía entre los 20 museos más visitados del mundo en 2016. Imagen: TEA & AECOM.
El Reina Sofía entre los 20 museos más visitados del mundo en 2016. Imagen: TEA & AECOM.

Aunque el Museo del Prado es el que más ha crecido en número de visitantes entre los años 2015 y 2016, es el Museo Reina Sofía el que se impone por segundo año consecutivo como primer museo más visitado de España. Un crecimiento que responde a la estrategia de la pinacoteca de llegar a acuerdos con los gigantes mundiales (como el Museo de Arte Moderno de Nueva York) para traer a España grandes nombres del arte moderno o su apuesta por la exposición sobre el arte español de posguerra.

Aunque el Museo del Prado también ha apostado por exposiciones temporales potentes, el Reina Sofía se ha colocado a la vanguardia de la innovación tecnológica y de la narrativa multiplataforma, abriendo las puertas del museo a todo tipo de actividades culturales que les conviertan en un centro de discusión y de disfrute del arte. Mientras que el Prado apuesta por reforzar sus narrativas fuera del museo –en su canal de Youtube, Twitter o Facebook–, el Reina Sofía moderniza sus instalaciones y se adapta en cada una de sus salas. Una arriesgada estrategia que colocan al museo entre los veinte más visitados del mundo y en el top diez europeo.

El Reina Sofía se coloca entre los 10 museos europeos más visitados en 2016. Imagen: TEA & AECOM.
El Reina Sofía se coloca entre los 10 museos europeos más visitados en 2016. Imagen: TEA & AECOM.

Lo que esconden la cifras

Pero no es oro todo lo que reluce. En ambos casos resulta llamativo que prácticamente la mitad de su cifra de visitantes venga de las entradas en los horarios gratuitos. El Museo del Prado apuesta por unas 14 horas de visitas gratuitas semanales y por reducciones de hasta el 50% en las exposiciones temporales antes del cierre del museo; mientras que el Reina Sofía dedica 15 horas y media semanales a las visitas gratuitas. Un cúmulo de horas que en el caso del Prado representa a algo más del 40% de sus visitas, mientras que en el Reina Sofía superan el 60%.